Otras Culturas I: ‘Sefarad’ y Antonio Muñoz Molina

13 Sep

Después del obligado paréntesis veraniego y de un merecido descanso, volvemos con el nuevo curso para continuar con más lecturas.

A partir de septiembre leeremos textos con un denominador común: la interculturalidad. Aunque se trata de un término bastante usado y que todos reconocemos de inmediato, no es hasta la 23ª edición (aún no impresa pero que podemos consultar a través de su página web) en que la Real Academia de la Lengua incluye el adjetivo “intercultural” en su Diccionario: “que concierne a la relación entre culturas, común a varias culturas” (en cambio, sí está históricamente aceptado el término “multicultural”: “caracterizado por la convivencia de diversas culturas”).

Hemos de recurrir a la Wikipedia para encontrar el sustantivo “interculturalidad”, puesto que el diccionario de la RAE no lo admite como tal:

“La interculturalidad es el proceso de comunicación e interacción entre personas y grupos humanos donde se concibe que ningún grupo cultural esté por encima del otro, favoreciendo en todo momento la integración y convivencia entre culturas. En las relaciones interculturales se establece una relación basada en el respeto a la diversidad y el enriquecimiento mutuo. Sin embargo, no es un proceso exento de conflictos; estos pueden resolverse mediante el respeto, la generación de contextos de horizontalidad para la comunicación, el diálogo y la escucha mutua (…)”.

Desde este rincón de la red vamos a intentar escuchar (en este caso leer) al otro, conocer un poco más de su cultura, su historia, para así comprender sus razones y de paso enriquecer las nuestras.

Comenzamos con  la cultura judía y el capítulo Eres, perteneciente al libro Sefarad, del escritor jiennense Antonio Muñoz Molina. Te acuestas creyendo ser una persona y te levantas siendo otra, ¿por qué? Por aquello que los demás quieren ver en ti y tú hasta ahora no has visto: “Y si fueras de verdad lo que otros perciben, y no lo que tú imaginas ser, igual que no eres quien tú ves en el espejo, y que tu voz no suena como tú la escuchas?” La historia del pueblo judío es la historia de su persecución, y de su huída, del antisemitismo a fin de cuentas, que comienza por motivos religiosos (antiguos cristianos que persiguen a quien no cree en su mismo dios, expulsión en 1492 de los judíos de España por parte de los Reyes Católicos), sigue por motivos raciales (el holocausto y el nazismo) y termina con motivos ideológicos (nuevo antisemitismo centrado en el conflicto de Oriente Medio). El pueblo judío está obligado a huir en una diáspora sin fin y que los lleva a establecerse por medio mundo. A diferencia de otros pueblos, no se distinguen de los demás por unos rasgos físicos, sino que el ser judío es algo “independiente de la voluntad y de los actos de uno, una marca que no se ve y sin embargo no puede borrarse, una mancha indeleble que no está en la cara ni en la presencia exterior, sino en la sangre” (aquí Muñoz Molina hace una acertada comparación entre el sentir de un judío y un enfermo).

El antisemitismo es pues, arbitrario, caprichoso, y como todos los racismos, injusto. Según Ernesto Sábato, “el judío es banquero y bolchevique, avaro y dispendioso, limitado a su gueto y metido en todas partes (…) La judeofobia es de tal naturaleza que se alimenta de cualquier manera. El judío está en una situación tal que cualquier cosa que haga o diga servirá para avivar el resentimiento infundado”. Así pues, los fundamentos del antisemitismo son polvo en el viento (el mito del deicidio, la traición de Judas, teoría de la conspiración judeo-masónica, leyendas como las del Judío Errante, etc. etc.), nada, sólo un porque sí, como dice Muñoz Molina, “víctimas absolutas… por el simple hecho de haber nacido”. Kafka, también judío, tristemente lúcido, se anticipó a lo que vendría después creando el “culpable perfecto”, Joseph K., protagonista de El Proceso, “condenado no porque haya hecho nada, o porque se haya distinguido por algo, sino porque ha sido designado culpable, y no tiene defensa porque no sabe cuál es la acusación”.

Pero el poliédrico mundo judío también tiene un lado amable e incluso humorístico. Así, las XIII Jornadas de la Cultura Judía, celebradas en Córdoba recientemente, han estado dedicadas al Judaísmo y el humor que, queda  reflejado, por ejemplo, en las películas  de dos directores judíos, como son el neoyorkino Woody  Allen y el argentino Daniel Burman, que ha dado visibilidad en sus películas (Esperando al Mesías, El abrazo partido y Derecho de familia) a la comunidad judía argentina, la más numerosa en América Latina.

Otros enlaces de interés:

Casa de Sefarad en Córdoba.

Sefarad, judíos en España (documental de RTVE).

Luz de Sefarad (programa de Radio 5).

Milonga del moro judío (canción de Jorge Drexler).

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Quinto y último paso: de Savater a Baroja dando un paseo por la feria… de los discretos

31 May

Queridos lectores, como adelantábamos en el nombre de nuestro blog, allá por el mes de enero (De Góngora a Baroja…) hemos llegado a la última etapa. La unión entre Savater y Baroja es muy fácil: ambos nacieron en la ciudad de San Sebastián (y sí, esto es otra casualidad).

Será un viaje de ida y vuelta: partimos de Córdoba, de la mano de Góngora, y aterrizamos en San Sebastián con Baroja, para volver de nuevo a nuestra querida ciudad.

En 1904, Baroja hizo un viaje a Córdoba. Junto con el pintor Darío de Regoyos pasó un tiempo aquí, empapándose de calles, plazas, barrios y personajes que luego quedarían reflejados en su novela La feria de los discretos, escrita en su casa de El Paular en 1905, a pesar de que él sitúa la acción en los días previos a la Revolución de 1868. No es de las mejores novelas de Baroja en cuanto a hilo argumental, pero lo que la hace verdaderamente interesante son las descripciones de una ciudad que actúa como un personaje más y de la que se nos regalan verdaderos cuadros impresionistas: la Ribera, la Cuesta de Luján, la Muralla Interior, la Calle de la Feria, la Plaza de San Pedro, la Iglesia de San Lorenzo, la Cuesta del Bailío, la antigua calle del Sol (hoy de Agustín Moreno), la Plaza de la Corredera, el Patio de los Naranjos (es curioso que aunque la Mezquita es nombrada muchas veces, Baroja no se detiene nunca en ella), un verdadero recorrido por el casco histórico de una ciudad que ya empezaba a mostrar otros centros neurálgicos: el Paseo del Gran Capitán, la calle Gondomar, el Paseo de la Victoria, y la Plaza de las Tendillas (en una pensión de esta plaza es donde Baroja se alojó).

Aunque nacido en Cordoba, Quintín, el protagonista, regresa de una estancia de ocho años en un colegio de Inglaterra, y establece una relación de amor-odio (suponemos que como el propio Baroja) con una ciudad en la que “no se figuraba tanta soledad, tanta luz, tanto misterio y silencio. Sus ojos acostumbrados a la luz cernida y opaca del norte, se cegaban con la reverberación de las paredes”.  La visión que tiene de España, el sur, Córdoba, es casi la de un extranjero y esto le facilita el alejamiento suficiente para poder criticar sin problemas: “Hay más romanticismo en la cabeza de un inglés que en la de diez españoles, y más si estos españoles son andaluces. Son muy discretos, amigo Springer, somos muy discretos, si te parece mejor. Mucha facundia, mucha palabra entusiasta y fogosa, mucho floreo; un aspecto superficial de confusión ingenua candorosa; pero en el fondo la línea recta y segura. Hombres y mujeres, discretísimos”. Y hace bien en incluirse puesto que él mismo es un genuino representante de aquello que critica. Se pasa toda la novela diciendo que es un hombre de acción, pero sin hacer nada de provecho, como no sea engañar y robar lo que puede, para terminar huyendo y estableciéndose como político (¿?) en Madrid. Al final intenta redimirse, pero Baroja lo castiga dejándolo con la miel en los labios y sin posibilidad de entrar en el paraíso de la mano de su “arcángel de la guardia” Remedios.

El fragmento propuesto como lectura es el capítulo 12 En busca de un cofrecillo, que describe con minuciosidad la Plaza de la Corredera y sus aledaños, haciendo un verdadero recorrido por los oficios y comercios de la época. Es don Gil Sabadía (para algunos trasunto de Ramírez de Arellano), cronista de la época y amigo de Quintín quien nos introduce en ella: “era la Corredera una plaza grande, rectangular, formada por casas con balcones corridos y soportales sustentados en gruesas columnas”.

Os recomendamos que os leáis todo la novela, porque de verdad merece la pena, tanto por el recorrido que hace por la ciudad como por los personajes que aparecen. Como consultas complementarias, os proponemos el cd-rom “La Córdoba de Baroja: un paseo por La feria de los discretos, así como la lección de clausura de la Cátedra Intergeneracional de la Universidad de Córdoba “Córdoba en La feria de los discretos de Pío Baroja” (2001), de Antonio López Ontiveros, ambos en nuestra Biblioteca.

Además, hay muchas otras obras de y sobre Pío Baroja en el catálogo Mezquita.

Cuarto paso: de Borges a Savater pasando por ‘Donde se guardan los libros’

19 Abr

Dejamos a Borges en Argentina con sus tangos y su Aleph y volvemos a España para intentar llegar nada más y nada menos que hasta Fernando Savater. ¿Cómo lo haremos? Quizá sea este el paso más difícil, con pirueta y doble tirabuzón. Vamos a intentarlo.

Borges, además de escritor, fue bibliotecario, concretamente director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, desde 1955 hasta 1973. Su amor y obsesión por las bibliotecas quedaron patentes en La biblioteca de Babel, formada por todos los libros posibles, infinita a los ojos del hombre, pero finita en su concepción. Una rápida y simple definición de biblioteca puede ser: “El lugar donde se guardan los libros”, y este es a su vez el título de un libro en el que Jesús Marchamalo husmea, observa, y luego nos cuenta, cómo son las bibliotecas de algunos escritores, entre ellos, eso es, Fernando Savater.

Realmente, este post, como el libro anteriormente citado, está dedicado a las bibliotecas personales y, más concretamente, a las bibliotecas de escritor. Definido por algunos como “inspector de bibliotecas”, Jesús Marchamalo puede encajar perfectamente en la idea que todos tenemos del “ratón de biblioteca” (quien no haya leído Firmin, que se ponga inmediatamente a ello). Él mismo nos confiesa que, entre otras, siempre ha tenido la manía de fijarse en las bibliotecas ajenas, “pararme ante los estantes, recorrer los lomos de los libros y reparar en las afinidades y diferencias con los propios”.

Si por un lado, una biblioteca personal describe a su propietario, lo quiera o no, tanto por lo que tiene como por sus carencias, la de un escritor tiene además el atractivo añadido, para los amantes de los libros y de la literatura, de ser una de las claves para entender la forma de plantearse y entender la literatura de su propietario.

Detengámonos en la de Fernando Savater, que, casualidad o no, hace poco nos visitó. Confiesa que los libros son su vida, y que si pagaran por leer, él no habría hecho otra cosa (toma, ni yo), “ni escribir, ni enseñar, ni dar conferencias”.

Su biblioteca lo define perfectamente: viajera, móvil (“un tránsito de libros que andan de aquí para allá y que nunca están localizables”), algo caótica (“el desorden en sí no me preocupa. Me fastidia el precio que se paga, la desazón de saber que tienes un libro y que no lo vas a encontrar, y hay veces que resulta menos trabajoso comprarlo de nuevo que andar buscando”), pero eso sí, modélica en la convivencia de unos autores con otros (“hay mucho Borges -¿otra casualidad?- que va apareciendo diseminado por varias baldas, aquí y allá, casi como una embajada de sí mismo. Al lado de    Lezama en una de ellas; lomo con lomo con Alberto Moravia en otra, y cerca de Camus, de Max Aub y de Faulkner”).

Y es que la colocación de los libros en una biblioteca privada también nos dice mucho de su propietario. Yo confieso que la mía no tiene ningún orden, tan solo me gusta agrupar los libros de un mismo autor. A veces, por motivos de espacio, los cambio de sitio, pero siempre tengo dos parejas inseparables: Saramago-Cortázar, y Almudena Grandes-Muñoz Molina (Elvira Lindo, un poco más abajo). No me preguntéis por qué.

Os dejamos las obras de y sobre Fernando Savater en la Biblioteca.

Tercer paso: de Almudena Grandes a Jorge Luis Borges, una extraña pareja de baile

15 Mar

Superado con éxito el ecuador de nuestro periplo, tenemos que dar como poco un triple salto mortal o dejarnos llevar por la imaginación y por esa musiquilla que suena de fondo y que parece hablar de amor, pasión, dolor, celos, venganza, olvido. Sí, Almudena Grandes escribió que “Malena es un nombre de tango” y el tango es tan argentino como el autor al que dirigimos nuestros pasos, nacido un 24 de agosto de 1899 en la calle Tucumán de Buenos Aires y que pasó gran parte de su infancia en el barrio de Palermo.

Es quizá de los pocos escritores “universales” que nunca haya escrito una novela. Su obra está formada por libros de cuentos (Historia universal de la infamia, Ficciones, El Aleph, El informe de Brodie, El libro de arena…), poemas (El Hacedor, Elogio de la sombra…) y ensayos (El idioma de los argentinos, Nueve ensayos dantescos…). En el prólogo de Ficciones afirmó que era un “desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros, el de explayar en 500 páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos”.

Os proponemos la lectura de El Aleph, uno de sus cuentos más conocidos y completos y en el que un Borges quintaesenciado salta en pocas páginas, él sí que con auténtica maestría, del Buenos Aires de los años 40 a una playa del Mar Caspio o la Mezquita de Amr en El Cairo.

El cuento está dedicado a Estela Canto, uno de sus muchos amores imposibles y no correspondidos, que inspira el personaje de Beatriz Viterbo (“muerta, yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación”), a la que los críticos quieren ver como la Beatriz de Dante y, entonces, el descenso por las escaleras en busca del Aleph, sería el descenso a los infiernos de la Divina Comedia, y Carlos Argentino, el primo de Beatriz, haría las veces de Virgilio. El propio Borges se reía de estas interpretaciones, pero, como aquí nada es lo que parece, no debemos de tomarnos en serio ni a Borges ni a los críticos.

Después de un comienzo genial y tanguero donde los haya (“Sus ojos se cerraron… y el mundo sigue andando, su boca que era mía ya no me besa más, se apagaron los ecos de su reir sonoro y es cruel este silencio que me hace tanto mal”), el propio Borges, convertido en protagonista de su historia, busca, y encuentra, “el Aleph” (la primera letra del alfabeto hebreo), que aquí es, ni más ni menos que “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”, y que, concretamente, se encuentra en el decimonono escalón de la escalera que baja al sótano en la casa de Carlos Argentino Daneri (un nombre no escogido por casualidad). Este, convertido en alter ego de Borges, trabaja como “subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del sur” (tampoco la profesión es casual) y es autor de un poema titulado La Tierra con el que pretende hacer una descripción del planeta pero sin salir de su habitación, ahí es nada, basándose, por supuesto, en la contemplación del Aleph.

De lo que le ocurre a Borges cuando encuentra el Aleph no queremos adelantar nada, pero sí la conclusión a la que llega: el conocimiento de la realidad es imposible  y el acceso a este conocimiento sólo puede ser parcial e inestable.

Para demostrar que quizá sí en El Aleph esté contenido todo el universo, os dejamos dos enlaces que relacionan a Borges con nuestros autores anteriores: la rivalidad de los dos protagonistas del cuento puede ser la que existió entre Góngora y Quevedo, y, por otro lado, Borges y Alberti tienen en común que sus viudas (María Kodama y María Asunción Mateo), junto con alguna que otra más, pertenecen al selecto club de “Viudas de escritor”.

Terminamos con música: el tango, que es el que, recordémoslo para no perder el hilo, une a Borges con Almudena Grandes.

Segundo paso: de Rafael Alberti a… Almudena Grandes y tiro porque me lleva la corriente

16 Feb

Dejemos de ser prudentes y atrevámonos a dar un salto, no muy complicado, pero sí lo suficiente como para que nos lleve del poeta gaditano a la escritora de Madrid. Veamos, ¿qué puede unir a estos dos autores? No vale decir que Almudena Grandes tiene una casa en Rota, cerca del Puerto de Santa María, que sí que es cierto. Ni que ambos comparten ciertas ideas políticas, que también. Es algo menos evidente y que nos lleva a un tercero que hará de intermediario: el poeta granadino Luis García Montero. Desde hace bastantes años comparte su vida con nuestra protagonista y además es un especialista en la obra de Alberti, al que dedicó su tesis doctoral: La norma y los estilos en la obra de Rafael Alberti (1985). Ya los tenemos unidos, así de fácil.

Almudena Grandes se dio a conocer en 1989 con Las edades de Lulú, una novela que ganó el XI Premio de Literatura Erótica La Sonrisa Vertical, que fue llevada al cine por Bigas Luna y que se convirtió en todo un bombazo y un fenómeno sociológico. A pesar de eso, y contra eso, Almudena siguió escribiendo y demostrando que no sólo era una autora erótica, sino que tenía muchas más cosas que contar. Después de un pequeño titubeo con Te llamaré Viernes, Almudena Grandes decide escribir de lo que tiene más cerca, de ella misma, de su memoria, de su familia… y ajustar así cuentas con algo que le obsesionaba desde que era pequeña. Según sus propias palabras, cuando niña siempre escribía el mismo relato: una niña burguesa, tras ser perdida por su niñera en un parque, era recogida por una gitana y criada en un circo; unos años después, de vuelta a la misma ciudad, se reencontraba con su verdadera madre, que la adoptaba y la reintegraba a su hogar. La protagonista del cuento es a partir de entonces atormentada por su nueva familia con la idea de que no es hija de su madre, hasta que, felizmente, ésta descubría que la niña gitana no podía ser sino la hija que perdió años antes.

En 1994 publica Malena es un nombre de tango. Almudena se ha encontrado, se ha justificado a sí misma, y es entonces cuando vuelve la vista a los demás, a otros, a otras, sobre todo, y empieza a contar historias y más historias, y a inventar un personaje detrás de otro, con esa extraordinaria capacidad suya para hacer lo más difícil: unir la buena literatura, la literatura bien escrita (y con mayúsculas) con la facilidad para leerla, para engancharnos y que al terminar de leer pensemos que no ha sido una pérdida de tiempo, que hemos disfrutado, hemos aprendido y no queremos separarnos de esos personajes a los que entendemos y comprendemos perfectamente y con los que hemos compartido de verdad unas cuantas horas de nuestras vidas. Nos referimos a las novelas, además de las anteriormente citadas, Atlas de geografía humana, Los aires difíciles y Castillos de cartón, y sus libros de relatos, Modelos de mujer y Estaciones de paso, así como a una recopilación de sus artículos periodísticos en Mercado de Barceló.

Y llegamos al año 2007, cuando aparece El corazón helado, un novelón en todos los sentidos, casi mil páginas torrenciales en las que hace un recorrido por la España del siglo XX, con una historia de amor, pasión y venganza como hilo conductor. Almudena deja de mirarse el ombligo y el de los que la rodean para volver la vista atrás e intentar comprender, y de paso explicar, cómo el pasado influye en la vida de los españoles de ahora en la que, según ella, “no es una novela sobre los hechos históricos, sino sobre la construcción sentimental de esos hechos”. Y tanto leyó y tanto se documentó que no pudo incluir en esta obra, a pesar de su extensión, algunas historias que se quedaron por el camino. Así es que, como buena ama de casa y cocinera experimentada, no desaprovechó las sobras, añadió unas patatas por aquí, un huevo escalfado por allá, rectificó el punto de sal y comenzó su proyecto hasta ahora más ambicioso y que la mantendrá ocupada durante los próximos años: escribir, tomando como maestro a Galdós, del que se considera incondicional, la serie Episodios de una guerra interminable, seis libros sobre la historia de España desde 1936 hasta 1964. En 2010 publicó el primero, Inés y la alegría, que surge de una imagen: una mujer montada a caballo y cargada de rosquillas que huye para unirse a los 4.000 guerrilleros antifranquistas que en octubre de 1944 atravesaron los Pirineos para invadir el Valle de Arán, en Lleida. Se trata de un episodio bastante desconocido de nuestra historia y sobre la que ninguno de los protagonistas ha querido hacer una versión oficial. Ah, Inés es cocinera, la cocinera de Bosost, de ahí el anterior símil gastronómico. Pero también surge de una idea: la Historia Inmortal hace cosas raras cuando se cruza con el amor de los cuerpos mortales. Y qué razón tiene.

El próximo 11 de marzo está previsto que salga a la venta la segunda “entrega”, que ha titulado El lector de Julio Verne.

La lectura que os proponemos es Demostración de la existencia de Dios, un cuento perteneciente a Estaciones de paso, en el que un niño nos cuenta su tragedia a la vez que ve un partido de fútbol. Es muy impactante, y quizá toque de cerca a alguno de nuestros lectores, pero es precioso y seguro que no os deja indiferentes.

Además, como siempre, os proponemos algunos enlaces que nos parecen interesante, por si queréis saber un poco más de esta autora.

Página personal (con un diseño muy trabajado).

Página en Tusquets (completísima).

Algunos de sus últimos artículos periodísticos.

Primer paso: de Góngora a… Rafael Alberti y la Generación del 27 en ‘La arboleda perdida’

19 Ene

Como queremos ir despacio y con pie seguro, daremos un primer paso lógico y comedido.

La Generación del 27 está ligada indisolublemente a Luis de Góngora. En primer lugar porque fue en el pretendido homenaje que se organizó en el año 1927, conmemorando el 300 aniversario de la muerte del poeta cordobés, donde se reunieron los que luego formaron la nómina de autores de dicha Generación, los de la famosa foto, vamos: Alberti, Lorca, Guillén, Bergamín, Dámaso Alonso, Gerardo Diego… Esto es lo que nos cuentan en la mayoría de los manuales de literatura al uso, como versión oficial y resumida. La realidad, como siempre, es más compleja. El homenaje en principio se organizó en Madrid, donde la mayoría de los actos fueron fallidos, como, por otra parte, suele suceder, y donde los grandes elefantes de la literatura (la Real Academia de la Lengua, o Juan Ramón Jiménez, por ejemplo, del que todos eran rendidos admiradores y discípulos) no les hicieron el menor caso, si es que no se ofendieron con algunas de sus propuestas. No pensemos en La Generación del 27 como los poetas consagrados que hoy conocemos, sino en muchachos de poco más, o incluso menos, de veinte años, con ganas de divertirse, cada uno de su padre y de su madre, pero con algo en común: su afición y su fervor, como solo se puede tener fervor a esa edad, por la poesía. Góngora, digamos, fue la excusa. El caso era reunirse, leer poesía, y, pasárselo en grande. ¿Qué pasó después? Pues que había un torero en Sevilla, enfermo también de poesía, Ignacio Sánchez Mejías, y con bastantes posibles, todo hay que decirlo, que se los llevó para esa tierra donde el fino, el cante y  la noche hicieron lo que en Madrid no fue posible.

A partir de ahí, la mejor operación de marketing literario hasta la fecha convirtió a este grupo en la “Generación del 27 Sociedad Anónima”, como la llamó Bergamín, y, como dice Manuel Bernal Romero “proclamando un acentuado carácter mercantil para un colectivo que tuvo claro desde el principio que sin repercusión en los periódicos del momento, sin impacto social, ni aquello ni ellos serían nada”. Y vaya si lo consiguieron.

El secretario de la organización de los actos fue el autor que hoy nos ocupa, Rafael Alberti, que lo contó a su manera en su libro de memorias La arboleda perdida, del que os ofrecemos precisamente los dos pasajes en los que habla tanto del homenaje, llamémosle así, en Madrid, como del que transcurrió en Sevilla. Gerardo Diego se encargó de contarlo de forma más pormenorizada, en Lola “amiga y suplemento” de la revista Carmen, que él dirigía por entonces.

Para tener una visión seria, detallada y  muy completa del asunto, os recomendamos el libro del anteriormente citado Manuel Bernal Romero : La invención de la Generación del 27. La verdadera historia del nacimiento del grupo literario de 1927, publicado recientemente por la editorial cordobesa Berenice, Ahora bien, si queréis una ficción loca, divertida e iconoclasta de aquellos años y aquella gente, podéis leer Fabulosas narraciones por historias, de Antonio Orejudo (abstenerse ortodoxos de la literatura) en la que el autor nos plantea una verdadera teoría del complot, ya que según él “una mafia literaria y comercial ejecuta un plan secreto para cambiar los gustos literarios del público español y engendrar una generación, la del 27, todo para beneficio propio”.

Como veis, el marketing funcionó a la perfección y aún hoy, sigue dando que hablar.

Otros enlaces:

Fundación Rafael Alberti.

La música de la poesía de Rafael Alberti.

Libros de y sobre Alberti en la Biblioteca Universitaria de Córdoba.

De Góngora a Baroja o la teoría de los seis grados aplicada al blog de un club de lectura

16 Dic

¿Qué distancia hay entre José Saramago y Freddy Mercury? ¿o entre Mary Poppins y Fidel Castro? Pues, según la teoría de los seis grados de separación (también conocida popularmente como “el mundo es un pañuelo”), no más de cinco personas separarían a una de otra (con Facebook parece que la distancia se reduce a 4.74). Y eso es lo que vamos a intentar hacer en este nuestro querido Club de Lectura, que resurge cual Ave Fénix para demostrarnos con hechos y palabras que podemos, en plena era de la conexión y en poco más de seis meses, saltar de Luis de Góngora a Pío Baroja sin apenas despeinarnos.

Serán lecturas “encadenadas” mensuales que incluiremos en el blog junto con el post correspondiente y otras sugerencias. En un acto de hermanamiento con el Facebook de la Biblioteca, cada viernes, irán apareciendo pistas sobre el autor del mes y la relación que lo une con el anterior: una frase, una imagen, una idea…

Ni que decir tiene que esperamos vuestros comentarios, opiniones o críticas.

Hoy 16 de diciembre se celebra el  Día de la Lectura en Andalucía y nosotros inauguramos nuestro blog con uno de los andaluces, concretamente cordobés, más universales, don Luis de Góngora y Argote (1561-1627), del que además se ha conmemorado este año el 350 aniversario de su nacimiento. Personaje complejo y controvertido, vivió entre Madrid y Córdoba, quejándose siempre de su economía y malgastando lo que no tenía, para acabar muriendo en la ciudad que lo vio nacer, pobre y desamparado, aunque como poeta ya reconocido, sobre todo por sus letrillas (en cambio, sus últimos poemas, serán incomprendidos casi hasta principios del siglo pasado). Así, nos dice Cervantes en La Galatea:

“En don Luis de Góngora os ofrezco
un vivo raro ingenio sin segundo:
con sus obras me alegro y enriquezco
no solo yo, mas todo el ancho mundo”.

Paraíso cerrado para muchos fue el título que Pedro Soto de Rojas, poeta coetáneo y amigo suyo, puso a sus poemas más insignes. No tengamos miedo a abrir la puerta de ese paraíso y leer letrillas, romances y sonetos, algunos de los cuales, quizá, nos suenen familiares en los temas tratados, y no estén tan lejos (seguro que menos de seis grados) de este siglo XXI que nos está tocando vivir. Para los más atrevidos y gongorinos lectores, también os dejamos unas estrofas de la Fábula de Polifemo y Galatea, en las que queda patente, como dice Alberti, que “el andaluz es acumulativo, hablador, por lo general, barroco. El que habla y habla acumula, hace fuentes de la conversación, surtidores y juegos: arabescos. Góngora, su poesía, es el más complicado, el más rico, el más serpeante, el más primoroso arabesco español”.

Enlaces propuestos:

Página de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes sobre Góngora.

Manuscrito Chacón digitalizado en la Biblioteca Digital Hispánica de la BNE (3 vols.).

Poemas musicados: En 1964 Paco Ibáñez publica su memorable primer disco, en el que pone música a poemas de Góngora y Lorca. La portada la hace Dalí.

Concierto del Coro Ziryab y la Orquesta Barroca de Córdoba, el 23 de diciembre en la Sala Polifemo del Teatro Góngora: Góngora, poesía y música.

Leer a Góngora, por Joaquín Roses, en Littera: revista digital del I.E.S. Blas Infante.

Obras de Góngora en el catálogo Mezquita.

Obras sobre Góngora en el catálogo Mezquita.

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