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Novedades para el curso 2013/2014

30 Sep

Decimos adiós al Club de Lectura UCO en esta página y volviendo a nuestros “orígenes”, nos trasladamos a un foro con este mismo nombre. Nuestra periodicidad pasa a ser semanal y los contenidos quedarán divididos en cuatro bloques, uno por cada jueves del mes: España en marcha, Escritores UCO, Clásicos infinitos y Leyendo Europa Ahora. ¿Quieres seguir con nosotros? Aquí lo puedes hacer http://www.uco.es/cultura/forolectura/index.php

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Otras Culturas X: Velos y desvelos. Azar Nafisi y Carmen Martín Gaite

20 Jun

Para situarnos, y, según la Wikipedia “la revolución iraní (también Revolución Islámica o Revolución de 1979 Persa) fue el proceso de movilizaciones que desembocó en el derrocamiento del Sah Mohammad Reza Pahlevi y la consiguiente instauración de la República Islámica actualmente vigente en Irán. Por ello, suele calificarse a la revolución de islámica, aunque en realidad fue un movimiento amplio y heterogéneo que progresivamente fue siendo hegemonizado por el clero chiíta bajo el liderazgo del ayatolá Jomeini”.

Azar Nafisi nació en Teherán en 1955, y fue hija del alcalde más joven de la ciudad (1961-1963). Estudió y vivió en Irán, pero también en Suiza, Reino Unido y Estados Unidos, especializándose en literatura inglesa y americana, por lo que su cultura es sobradamente cosmopolita. En 1979 regresó a su país como profesora de la Universidad de Teherán, y justo en ese año estalló la revolución de la que antes hablábamos. Entonces cambió todo, para el país, para la ciudad, para sus habitantes, y, sobre todo, para sus mujeres. Y de esto es de lo que nos habla en su magnífico libro autobiográfico Leer Lolita en Teherán, en el que el odio a la guerra, la denuncia, la rabia, la impotencia y el descontento se canalizan a través del amor a la literatura. No es lo mismo leer Lolita, El Gran Gatsby, Daisy Miller y Orgullo y prejuicio en Teherán en los años ochenta, con un grupo de mujeres iraníes, que hacerlo, por ejemplo, aquí y ahora. Nos dice que “una vez que el mal se individualiza y se convierte en parte de la vida diaria, la forma de resistirlo también se individualiza. Cómo sobrevive el alma es la cuestión esencial, y la respuesta es: por medio del amor y la imaginación”. La literatura se convierte entonces en una vía de escape (“lo que obteníamos con todos los autores, sobre todo con Austen, era entretenimiento”, imaginación y ficción pura y dura) pero también en una forma de observar la realidad brutal que las rodea: Lolita se convierte en una doble víctima: no sólo le arrebatan su vida, sino también la historia de su vida, como a ellas mismas. Gatsby enseña a valorar los sueños, pero también a tener cuidado con ellos, enseña a buscar la integridad en lugares inusuales (sus lectoras intentan hacerlo). La revolución islámica, que en principio parecía que iba a traer cosas buenas, al radicalizarse, dejó de serlo. La censura se intensifica de tal manera, que llega a hacerse ridícula (uno de los censores más famosos era ciego), y afecta a todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos. Azar Nafisi no puede hacer otra cosa que intentar enfrentarse a ella, por supuesto que en el ámbito privado, el que siempre ha estado reservado a las mujeres. Cuando la expulsan como profesora de la Universidad, entre otras cosas, por negarse a llevar el velo, decide seguir dando clases de literatura los jueves por la mañana en su casa con un grupo de alumnas. Es un oasis, un refugio en medio de la represión brutal y sinsentido a la que están siendo sometidas:”Descubro lo poco o nada que hablamos de nuestras vidas personales, de amor y matrimonio, y de cómo nos sentíamos por tener hijos o no tenerlos. Parecía como si, aparte de la literatura, la política nos hubiera devorado, eliminando todo lo personal y lo privado”. Sólo el hecho de llegar a las reuniones y poderse quitar el velo, es una especie de rebeldía (Azar Nafisi describe muy a menudo el pelo de sus “chicas”), y así,  a pesar del daño que se les pueda llegar a hacer, que en la mayoría de los casos es mucho, las víctimas no caen en la sumisión. El velo como símbolo, para unos de pureza y preservación (“Una mujer con velo está protegida como una perla por el caparazón de la ostra”, era una de las consignas de la Revolución), y para otras de humillación y negación de la personalidad, como una forma de invisibilidad. Cuando Jomeini murió, Azar nos cuenta la anécdota de su hija que llegó diciendo: “¡Mami, mami, no está muerto! ¡Las mujeres todavía llevan pañuelo!. Siempre asocio la muerte de Jomeini con aquel sencillo dictamen de Negar, porque tenía razón: el día en que las mujeres no llevaran pañuelo en público, sería el día de su muerte y el final de su revolución. Hasta entonces tendríamos que seguir aguantándolo”.Lo peor de todo es que esta época supuso una pérdida de libertades y de formas de vida que ya se habían conseguido y consolidado, y ya sabemos que, con los regresos al pasado siempre pierden los mismos: los más débiles -las mujeres, sobre todo.

Después de mucho pensárselo, Azar Nafisi abandonó Teherán en 1997 y se instaló en Estados Unidos, desde donde escribió el libro que hoy nos ocupa y algunos más. Actualmente vive en Washington con su marido y sus dos hijos, y colabora en numerosos medios de comunicación.

Este último post del curso académico iba a estar dedicado únicamente a la escritora iraní, pero leyéndola, se me venía irremediablemente y sin querer a la cabeza el magnífico ensayo de Carmen Martín Gaite Usos amorosos de la postguerra española. En el capítulo VI de este libro, El arreglo a hurtadillas, Carmen Martín Gaite  nos da detalles sobre el uso de la faja, el bañador, el pantalón, la ropa interior, el arreglo del pelo, las mujeres fumadoras y de cejas finas, y el gobierno de la apariencia en los años cuarenta en España. En el capítulo 5 de la tercera parte de Leer Lolita en Teherán, Azar Nafisi nos habla del uso del velo, la prohibición del maquillaje, los registros humillantes y la irrelevancia adquirida por las mujeres. Salvando las distancias y el tono de los dos libros, bien distintos entre sí, algo hay en común, ¿no creéis?

Otros enlaces:

Página oficial de Azar Nafisi.

Escrito sobre el cuerpo, exposición de la fotógrafa iraní Shirin Neshat en Photoespaña 2013.

Artículos sobre Carmen Martín Gaite en El País. 

Otras Culturas IX: Isak Dinesen. Una vida de película (Copenhague-Kenia-Copenhague)

23 May

Isak: “el que ríe o el que hace reír”. Este fue el seudónimo que utilizó Karen Christenze Dinesen (Karen Blixen de casada), nacida en Copenhague el 17 de abril de 1885. La primera impresión que nos da leyendo su biografía es que hizo lo que le dio la gana, de hecho no creía en los destinos divinos, sino en los que la propia persona se labra, en la página en blanco a continuación de la escrita, en que somos la consecuencia de nuestras propias decisiones (condicionadas, eso sí, y en el peor de los casos, por circunstancias ajenas a nuestra voluntad). Su vida está marcada por dos hechos: la enfermedad y las ganas de contar historias. La primera no le impidió disfrutar a su manera todo lo que pudo (cuentan que, ya anciana y con menos de cincuenta kilos de peso, su dieta era a base de ostras y champán, que, según ella, le sentaban estupendamente), y eso que, además de la famosa sífilis que su marido, el barón Von Blixen le contagió y que sufrió de por vida, padeció graves problemas de espalda, estómago y un sinfín de dolencias más que, como decimos, no le impidieron vivir una vida parece que plena. La segunda, el contar historias, la hizo inmortal y la convirtió en una nueva Sherezade que encantaba tanto a sus familiares, como amigos y amantes; todos querían más y más cuentos (se dice que su gran amor, el piloto Denys Finch Hatton regresaba una y otra vez a la granja de África, entre otras cosas, en busca de las historias de la baronesa).

Cuando se casó y se fue a vivir a África (¿qué puede haber más lejano en todos los sentidos de Copenhague que Kenia?), lo hizo con un afán aventurero heredado de su padre, que se suicidó cuando ella tenía diez años, y al que pareció querer imitar en muchos aspectos de su vida. Karen estaba orgullosa de su vida, no quería escapar, pero no le gustaban las medias tintas: “Yo soy la snob más grande que hay y si no puedo estar con la aristocracia o con la intelectualidad, tengo que reducirme al proletariado, o a los “natives” de aquí, que viene a ser lo mismo, porque con la clase media no puedo coexistir. La auténtica aristocracia, dondequiera que se encuentre, o el proletariado, no tienen nada que arriesgar. Pero la clase media lo pone todo en peligro, y el diablo está allí, en torno a ella, en su peor edición, mejor dicho, en su edición de bolsillo”. Así pues, se enamoró de una tierra a la que consideró su casa por mucho tiempo (“Estoy donde debo estar”), y de unos habitantes de esa tierra con los que, a su manera, se identificó. Dos ideas suyas muy significativas a este respecto: “está muy bien vivir de manera nómada, y es antinatural, por el contrario, tener casa siempre en el mismo lugar; sólo se siente uno verdaderamente libre cuando puede ir en la dirección que se le antoje”. Y la segunda, más controvertida para algunos biógrafos que piensan que el ir de safari no entra dentro del verdadero respeto a la naturaleza que a ella tanto le gustaba: “Lo bueno que tiene ir de safari es que se te olvidan todas las penas de la vida y te sientes el día entero como si llevases dentro media botella de champán –llena del más íntimo agradecimiento por sentirte viva”. Pensamos que esta era su forma de vivir: coger lo que la vida te ofrece, mezclarte con ella sin pararte mucho a pensar en las consecuencias; “los cazadores deben mezclarse con el viento y con los colores y olores del paisaje y adaptarse al tempo de todo el conjunto. Cuando atrapas el ritmo de África te das cuenta de que es el mismo que el de toda su música”.

De carácter dominante, caprichoso y con tendencia al melodramatismo (“Una persona a la que no se puede hacer daño, no es un verdadero amigo”, decía, por ejemplo), cuando murió en Rungstedlund, su casa de Copenhague a  los 77 años, la última cosa que hizo antes de entrar en coma fue escuchar el disco de Häendel en el que estaba el aria “Por donde tú camines”, la misma que solía cantarle Denys Finch Hatton, acompañado de su guitarra (lo sentimos, pero no podemos ni queremos evitar recordar aquí a Robert Redford y la película de Sydney Pollack, que, aunque edulcorada y “hollywoodizada”, retrató parte de la vida de esta gran mujer, artista y escritora, con un comienzo inolvidable: “Yo tenía una granja en África, al pie de la colina de Ngong”, con Meryl Streep y su doblaje con acento extranjero, que, al menos para muchos de nosotros, quedarán indisolublemente unidos).

Os proponemos dos textos. Por un lado, La granja de Ngong, el primer capítulo de su libro de cuentos Out of Africa (que en España se tradujo como Memorias de África) y en el que hace un resumen magnífico de los temas que tocará a lo largo de todo el libro y que formaron parte de su experiencia africana: paisaje único en el mundo (grandeza, libertad, nobleza), la caza, el cultivo del café, la ciudad de Nairobi, la atracción por los países del sur que sienten las gentes del norte, la forma de ser del nativo con respecto al hombre blanco, el hecho de que nunca llegarían a comprenderse pero sí a conocerse y por tanto a respetarse (“durante todo el tiempo tuve conciencia de que la existencia silenciosa y apartada de los nativos corría paralela con la mía, en un plano diferente”). El capítulo termina con estos versos “del poeta”:

 “Siempre encontré

noble al nativo

e insípido al emigrante”

El segundo texto es el delicioso cuento El festín de Babette, casualmente también llevado al cine, y que, aunque muy lejano de “La granja de Ngong” (transcurre en Noruega, en una comunidad cerrada, religiosa y donde la austeridad es la norma general), simboliza y refleja  las ideas de Isak acerca de la moral, la belleza y el placer. Babette, la criada que llega de Francia para romper la paz del lugar y las rígidas costumbres de las dos hermanas a las que va a servir, se gasta todo su dinero en la preparación de un festín, y con ese gesto, elige dos cosas opuestas: la exuberancia y la sencillez. Aunque en el cuento no se detalla lo que comieron (sólo se habla de la tortuga con la que Babette hará sopa), aquí podéis ver el menú completo.

La editorial Nórdica lo público hace unos años en una preciosa edición y que podéis encontrar en nuestro catálogo junto con otros libros de la autora.

También os puede interesar visitar el Museo de Karen Blixen y leer la página que Javier Marías le dedica a la escritora.

Otras Culturas VIII: Manuel Rivas habla por la boca de la literatura

25 Abr

Cuentan que no hace mucho, en una fiesta de escritores de muy diverso pelaje, un periodista se las quiso dar de listillo y empezó a preguntar a diestro y siniestro, incomodando a muchos de los invitados que sólo querían disfrutar de su copa de cava y el canapé correspondiente con preguntas como estas (incluimos las respuestas):

–       ¿Tiene pies la Literatura?

–       Algunos dicen que la han visto paseando del brazo de algún despistado en una plaza abarrotada de gente.

–       ¿Tiene ojos la Literatura?

–       Pregúntale a Borges

–       ¿Le gusta vestir de algún color determinado a la literatura?

–       El verde y el azul le sientan de maravilla, pero hay veces que el amarillo ilumina su cara de una forma especial.

El periodista en cuestión, cual Caperucita asustada, no se atrevía a formular la última pregunta, la que más interés le despertaba, la que hubiera dado sentido al resto. Se le quedó en el bloc de notas, y ese bloc de notas quedó olvidado dentro del bolsillo de su americana. La americana durmió el sueño de los justos en el brazo de un sillón, y,  cuando el periodista se acordó y volvía a la fiesta para recuperarla, escuchó un acento muy dulce  que decía casi en un susurro “… son las voces de los niños, las mujeres que hablan solas, los emigrantes, los muertos, los animales… Las voces de los que no quieren dominar y se alimentan de palabras y cuentos”. El conversador, de pelo rizado y cara risueña, siguió hablando entonces de su hermana María, muerta prematuramente, a la que definió como “verbívora” (si es que el periodista entendió bien); de su madre, que hablaba y que callaba (y entonces era cuando se oía la música del calcetar); y de su padre, que se pasó media vida excavando un pozo del que nunca salía agua (como un símil del escritor que no encuentra las palabras precisas); de su tío Francisco, el barbero, que no paraba de hablar mientras cortaba el pelo a la gente. Después escuchó un nombre casi de cuento, Luz Pozo, una profesora de literatura de la que, según el hombre de la voz baja, todo el instituto estaba enamorado, y que lloraba al contar a sus alumnos el episodio de la Odisea en que Laertes reconoce a su hijo Ulises porque se sabe los nombres de los árboles del huerto de Ítaca. “Quizá –decía- de aquí me venga la afición a la naturaleza, al ecologismo de acción (fui socio fundador de Greenpeace), porque los árboles son los seres más bondadosos del mundo”.

Después continuó hablando en voz aún más baja, como la de los que acunan a los niños para dormir, y si cabe, aún más dulce, porque pasó del español al gallego, y contó que, cuando niño, bebió el arco iris por la boca, en los charcos que se formaban en el suelo, y que por aquel entonces, su lengua, la gallega, que a veces parecía un pecado en los labios, vivía como recluida en las cuevas de las bocas y citó un poema de Álvaro Cunqueiro que tuvo la amabilidad de traducir:

“Quien tenga amor

venga aquí a dar la flor”

Ya se despedía de los que le rodeaban y dijo que al final había conseguido su propósito en la vida, el consejo que desde un principio le dio su padre, que había sido albañil: tener un trabajo donde no se mojara. Por cierto, ¿alguien se ha olvidado esto?, dijo, y entonces me di cuenta de que llevaba en su mano mi chaqueta y mi bloc, abierto por la página en la que estaba la última pregunta sin respuesta:

–       ¿Tiene boca la literatura?

Esa noche escribí mi artículo, redondo, abierto como la boca de Manuel Rivas que se ha alimentado a lo largo de su vida de las voces bajas de la literatura y que luego las ha vertido por la suya para deleite de nosotros sus lectores.

Para leer: Primer capítulo de Las voces bajas.

Página personal en Alfaguara.

Entrevista a cargo de David Cantero en RTVE.

Artículos en El País.

Libros en Mezquita de Manuel Rivas.

Otras Culturas VII. Amin Maalouf, el des-orientado

14 Mar

Libanés y francófono, de origen grecolatino y defensor de los valores laicos y democráticos, árabe y europeísta, mediterráneo y ciudadano del mundo, Amin Maalouf nació en Beirut en 1949, ciudad en la que vivió y trabajó como periodista hasta 1975, cuando estalló la guerra del Líbano y él decidió marcharse a París, donde reside desde entonces, dedicándose íntegramente a la literatura. Este exilio marcará su vida y su obra, ya desde su primera novela en francés, una de las más conocidas, León el Africano (1986), donde cuenta la historia de Hasan bin Muhammed al-Wazzan al-Fasi, un granadino que, como él mismo, tuvo que abandonar su tierra con la llegada de los Reyes Católicos y la Inquisición. “A mí, Hasan, hijo de Mohamed el alamín, a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman también el Granadino, el Fesí, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la más inesperada travesía”.

Cuando estalla el conflicto, ¿es mejor poner tierra de por medio, como él hizo, o quedarse para luchar desde dentro, como hicieron muchos de sus amigos? Es algo que Amin Maalouf no se puede quitar de la cabeza, y quizá en su última novela quiera ajustar cuentas con aquellos que le reprochan que él se decidiera a partir (“yo nunca he pensado que debía quedarme y sufrir como ellos, no soy masoquista. Tenemos el deber de vivir, en paz, en libertad y seguridad”). Tal es el argumento de Los desorientados: Adam lleva veinticinco años fuera de su país (del que en ningún momento se dice su nombre pero que podemos adivinar que se trata del Líbano) y vuelve para reconciliarse con su mejor amigo de la infancia, que se está muriendo. Se fue casi sin mirar atrás, y ahora todos los recuerdos se agolpan de repente sin darle tregua. Es un “desorientado”, término que, según Amin Maalouf, “encierra ambigüedad. El mundo en que vivimos está desorientado porque no sólo perdemos «el norte», sino que perdemos el «oriente» que necesitábamos, ese modelo de «civilización levantina» que había tenido una experiencia secular de vida en común en varias comunidades (Alejandría, Constantinopla…); si esa experiencia desaparece, el mundo pierde mucho”.

A pesar de su desorientación, o quizá gracias a ella (“Sólo sé que no sé nada”), Amin Maaoluf tiene una lucidez, proporcionada por la distancia, por no sentirse de ningún sitio y de todos a la vez, que apabulla: “Vivir juntos es algo muy complicado, que necesita ser gestionado con sutileza, lucidez y perseverancia. No es algo que se produzca espontáneamente, ni algo que quede solucionado de una vez por todas. Pero es indispensable para evitar esa pesadilla hacia la que nos dirigimos”. Como primera solución, la cultura, la literatura, que “nos permiten imaginar un mundo diferente y eso hoy, en época de crisis, es más necesario que nunca, porque nos falta una orientación, necesitamos saber hacia dónde va nuestra sociedad, con qué bases la construimos, y la cultura nos puede enseñar el camino”. La otra propuesta complementaria de Maalouf es que “debemos preocuparnos de la evolución del mundo, defenderlo e intentar cambiarlo, pero sin dejar de vivir cada instante, los momentos de amor, amistad, placer, diversión y felicidad”. Casi nada.

Como lectura, os proponemos el Discurso de Recepción del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2010, y las primeras páginas de su libro El desajuste del mundo (2009).

Otros enlaces que te pueden interesar:

Amin Maalouf website.

Página del autor en Alianza Editorial.

“Mundo babel” (Programa de Radio 3) dedicado íntegramente a Los desorientados, la última novela de Amin Maaolouf.

Obras en Mezquita de Amin Maaoluf.

Otras Culturas VI: Javier Pérez Andújar. La Internacional de los bloques

14 Feb

“Quizá porque en casa no había posibles, me conformaré con un solo idioma para todos los días del año. Desde niño les tendré envidia a los catalanes que hablan en ese lenguaje entonces oculto y proscrito. Me cautivará el poder lingüístico del que están dotados y que les permite vivir una vida profundamente privada. Hablar como ellos, a ratos lo habré deseado; pero me parecerá luego que eso es hacer trampas. Me dará vergüenza ser catalán como me va a dar vergüenza ponerme corbata. Eso son cosas que no se hacían en mi casa. Yo no voy a ser catalán por respeto a los catalanes. En la intimidad, con los catalanes no hablaré en catalán sino que les escucharé su catalán. (…) Antes que sentirme de ningún país, de ninguna patria o nación, voy a pertenecer a la Internacional de los bloques”.

Con esta declaración de intenciones, quedará perfectamente retratado nuestro protagonista del mes de febrero. Se trata de Javier Pérez Andujar, nacido en Sant Adriá del Besós en 1965 y licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Es autor de dos libros de ensayo (Catalanes todos. Las quince visitas de Franco a Cataluña y Salvador Dalí. A la conquista de lo irracional), una novela sobre los maestros de las Misiones Pedagógicas en la Segunda República (Todo lo que se llevó el diablo)  y dos obras muy sui géneris que son en las que nos vamos a detener, sobre todo en la última, Los príncipes valientes y Paseos con mi madre. Mezcla de ensayo y relato, autobiografía y crónica histórica,  Javier Pérez Andújar tiene en ellos un tono tan personal y reconocible que con sólo leerlo una vez, ya es como si fuera de la familia. Es tierno, casi tímido, pero a la vez, justo y valiente: igual en su prosa que en su forma de hablar. Destaquemos en su estilo dos aspectos identificativos: el uso del futuro cuando habla de cosas pasadas, un acierto que coloca a las cosas, los acontecimientos, los recuerdos, en su punto justo y que según él utilizó porque “el futuro le da épica al texto y el pasado le da nostalgia”, y el uso de sorprendente símiles y metáforas (“Una biblioteca significa para un barrio lo que la selva del Amazonas supone para todo el planeta. La gente va a respirar a través de las hojas de sus libros abiertos como pulmones”).

Conscientemente se sitúa fuera del centro de la literatura convencional, quiere estar al margen de la cultura académica (aunque se le nota, y mucho, su condición de filólogo), que él contrapone, en una mezcla perfecta, con la cultura popular. Así, en Los príncipes valientes (2007), el autor nos cuenta su infancia en el extrarradio barcelonés de los años 70, justo cuando la cultura popular descompensa la balanza y le gana la batalla a la literatura tradicional, y así nos revela que la picaresca existe tanto en El Lazarillo de Tormes como en las primeras historietas de Bruguera, trazando líneas invisibles que unen el cojo del Buscón y el cojo de Cowboy de medianoche, por ejemplo. En Paseos con mi madre (2011), un Javier ahora en plena juventud sigue en su barrio, en sus bloques (“No tengo remedio, cuando viajo a una ciudad siempre acabo en la periferia”),  y nos confiesa que le daba vergüenza ir al centro porque se notaba que era de barrio: “Se anda como se escribe. Desde el primer día andaré por Barcelona extraño como alguien que ha llegado del campo (pero no del campo de la cultura), igual que el cowboy de medianoche, y cuando vuelva al barrio en autobús iré hundiéndome en el asiento en homenaje a su amigo Ratso camino de Miami”.

Os recomendamos la lectura de este libro (el capítulo dedicado a la apertura del PRYCA no tiene precio) y para ello os dejamos el primer capítulo de Paseos con mi madre, muy bien acompañado por algunas fotografías de nuestro compañero José Antonio Grueso, realizadas para la ocasión en “la Internacional de los bloques” de Córdoba.

Otros enlaces:

Página personal en Tusquets.

Entrevista en Página 2 a propósito de Todo lo que se llevó el diablo.

Artículos en “El butano popular. Librepensamiento y explicaciones

Artículos en El País.

Otras Culturas V: un japonés por el mundo. Haruki Murakami

17 Ene

Cuando el nuevo libro de Murakami, 1Q84, fue publicado en japonés hace algo más de tres años, los ejemplares casi se agotaron en un día. La librería más grande de Japón, Kinokuniya, vendió más de uno por minuto. Posteriormente, para su lanzamiento en Londres, las librerías abrieron por la noche, cual si de un nuevo Harry Potter se tratara, para que sus impacientes aficionados fuesen los primeros en tenerla. ¿Por qué ese fenómeno de masas, pero sobre todo de fans, quizá impensable en un escritor japonés, alérgico a las entrevistas, y creador de un mundo tan diferente y alejado del típico best-seller (ni sagas, ni pseudo-porno, ni templarios ni apocalipsis varias)? “Tengo pánico a convertirme en una celebridad y tomo todas las medidas necesarias para que eso no ocurra. Nunca aparezco en la televisión, no voy a las fiestas -odio las fiestas-, no doy charlas, no tengo amigos famosos, no tengo amigos escritores, no aparezco en librerías para firmar mis libros, no uso Armani sino shorts y zapatillas siempre, y no dejo que me saquen fotos ni suelo dar entrevistas salvo casos como éste. Como sé que las posibilidades de que tome el subte en Buenos Aires son bastante escasas, no me importa volverme conocido allí. Pero lo que no quiero es que la gente me reconozca en el colectivo en Tokio o no poder ir a las tiendas de discos viejos en Estados Unidos. Lo que más me enorgullece es haber encontrado tantos lectores en todo el mundo. Pero ¿por qué mis libros son tan populares? Buena pregunta”.

Su desdén hacia la tradición literaria japonesa, su estilo de escritura conversacional, y las constantes referencias a la cultura occidental habían sido vistas al principio de su carrera como una afrenta a las convenciones literarias de su país. Escritores como el Premio Nobel Kenzaburo Oe lo describieron como un talento pop de peso liviano. Quizá sea eso mismo lo que gusta a sus numerosos lectores: la mezcla perfecta entre oriente y occidente, la sensación de que te recuerda a muchas cosas y a la vez es totalmente original. De todas formas, la respuesta está en sus libros. Es empezar, y engancharte. Así, sin más. Os invitamos a hacer la prueba.

Aunque ha pasado la mayor parte de su vida en Japón, vivió una temporada en Europa y Estados Unidos, porque se sentía extranjero en su propio país (“no pertenezco a ningún grupo, y en Japón, se supone que debes formar parte de alguno. Por eso me fui de allí durante unos años”). Eso mismo pensaba el escritor franquista José María Gironella, que, en 1962, hizo un viaje al Japón, acompañando al guitarrista Narciso Yepes en una de sus giras, y que, a raíz de esa experiencia escribió el libro El Japón y su duende, que, desde aquí, os recomendamos por, cuanto menos, curioso ya desde el título. Según  el profesor Topinaga, uno de los protagonistas del libro de Gironella , “la impresión que damos, es que en la calle no se puede distinguir un industrial de un obrero, es decir, somos gregarios. No obstante puedo asegurarle que cada japonés vive solitariamente su propia aventura, sin confiarse del todo a nadie”. Como el propio Murakami.

            Si comparamos, salvando las distancias, que a veces son insalvables, algunas de las reflexiones de Gironella, con el discurso de recepción del XXIII Premi Internacional Catalunya, otorgado por la Generalitat a Murakami en 2011 (justo después del terremoto en Japón), vemos que ambos autores coinciden en describir al pueblo japonés como un pueblo acostumbrado a las catástrofes naturales, ante las que ha sabido resignarse de tal manera, que su carácter ha derivado hacia el lado contrario, no odiando la naturaleza, sino disfrutando de ella al máximo en una suerte de comunión más o menos mística. Dice Murakami “En japonés tenemos una palabra, mujô, que designa el hecho de que no hay nada que sea permanente, que no hay ningún estado que dure para siempre. Todas las cosas que existen en este mundo acaban extinguiéndose, todo cambia sin cesar. Podría decirse que esta idea de que «todo pasa» implica una especie de resignación ante el mundo, la aceptación de que, al fin y al cabo, el hombre no logra nada oponiéndose al curso de la naturaleza. Aun así, los japoneses hemos sabido encontrar una forma de belleza en esta resignación. Si nos fijamos en la naturaleza, por ejemplo, en primavera admiramos los cerezos en flor, en verano las luciérnagas y en otoño las hojas amarillas de los bosques. Además, lo observamos todo con pasión, todos a la vez, como una costumbre, casi como si fuese un axioma. Cuando llega la época correspondiente, los lugares más famosos para contemplar los cerezos en flor, las luciérnagas o las hojas del otoño se llenan de gente y casi es imposible reservar una habitación de hotel. ¿Por qué? Pues porque la belleza de los cerezos en flor, de las luciérnagas y de las hojas otoñales desaparece al poco tiempo (…).” Y complementa Gironella: “A las tres semanas de estar en el Japón comprobé que en el país se celebraban tantas ceremonias y tantas fiestas conmemorativas –matsuri– como estrellas hay en el cielo, y que la razón principal de semejante abundancia estibaba en el inmenso amor y en la inmensa devoción que el pueblo japonés sentía por la naturaleza”.

En el cuento de Murakami seleccionado, El séptimo hombre, perteneciente a Sauce ciego, mujer dormida, podéis comprobar esta resignación del hombre japonés ante las catástrofes naturales, así como la unión y devoción que siente por la naturaleza.

Otros enlaces sobre Murakami:

Página de Murakami en Tusquets.

Especial El País sobre Murakami.

Mil grullas por Japón, programa de radio de Mundo Babel.

Obras de Murakami en la Biblioteca Universitaria de Córdoba.

Otras Culturas IV: Carson McCullers, al Sur del Norte

13 Dic

Lula Carson Smith, conocida como Carson McCullers, nació en Columbus, Georgia, en 1917, y murió en Nueva York, en 1967. Una vida corta e intensa de eterna adolescente, llena de enfermedades y adicciones, amor, desamor y literatura, mucha literatura. “No me gustaría vivir si no pudiese escribir… La escritura no es sólo mi modo de ganarme la vida; es como me gano mi alma. Escribir es mi modo de buscar a Dios”.

Hay quien dice que toda su obra está dedicada única y exclusivamente a intentar definir y precisar el amor. Según Rodrigo Fresán, “pocos escritores han expresado tan vibrante y económicamente un universo desesperado por amar y ser amado”, con personajes casi siempre desvalidos; en unos casos niños o adolescentes, en otros freaks de feria que llegan a lo grotesco y ridículo (el ejemplo más claro es La balada del café triste), pero que terminan por despertar ternura y, por supuesto interés en el lector, quizá como ella misma lo hizo. Contó en vida con muchos “admiradores” y amigos,  entre los que destacan escritores como Tennessee Williams, Paul Bowles  o Charles Bukowsky, que le dedicó un precioso poema que la describe a la perfección (“all her books of / terrified loneliness / all her books about / the cruelty/of loveless love”). Crítica y público no se ponen a veces de acuerdo en la valoración de esta escritora, muy difícil de clasificar para la primera, increíblemente cercana por su sencillez para el segundo.

Si Carson McCullers aparece en nuestro blog, no es sólo porque recree en su obra el Sur más profundo de Estados Unidos, con su calor, sus calles, sus edificios y sus bares llenos de personajes extraños, entre los que se encuentran muchos de raza negra. Ella, realmente, no hace frente de una manera directa y combativa al racismo (si exceptuamos quizá su última novela Reloj sin manecillas), pero sí que está presente de forma sutil en muchas de sus novelas y cuentos, como parte intrínseca de la realidad que estaba describiendo y que no era otra que la que ella misma había vivido: personajes en soledad como los de los cuadros de Edward Hopper, que parece que siempre están esperando a que ocurra algo y que se buscan en el otro por muy diferente de nosotros que sea. El fragmento seleccionado creemos que así lo refleja. Pertenece a su novela Frankie y la boda (The member of the wedding), en la que Frankie, huérfana de madre, en la edad difícil de los doce años,  quiere dejar su ciudad para irse a vivir con su hermano y su novia, que pronto se van a casar, y, según ella, recorrer el mundo juntos los tres. Ni que decir tiene que todo son fantasías que se montan en la cabeza de una adolescente perdida que no sabe a qué ni a quién agarrarse y no se da cuenta de que quien realmente puede echarle una mano está más cerca de lo que cree. Es curioso cómo cambia tres veces de nombre a lo largo de la novela, según cambia su personalidad: Frankie, F. Jasmine y Frances (“¿Por qué es contrario a la ley cambiarse el nombre?”). El nombre como una cárcel que nos define y de la que no podemos salir (“Gente suelta y al mismo tiempo presa”).

Los protagonistas de este fragmento son tres: la propia Frankie (aquí F. Jasmine), su primo John Henry, de unos seis años, y la criada negra, Berenice. Tres personajes muy distintos y que parecen distantes, aunque al final, “los tres seguían sentados en silencio, muy juntos, y cada uno podía sentir y oír la respiración de los otros dos”. Estamos en el crepúsculo de una calurosa tarde de verano, en un pueblo del Sur de los Estados Unidos, en el que parece que la noche no quiere llegar, cuando los contornos se desdibujan y nada ni nadie es lo que parece. Frankie piensa que es su última noche en la casa, ya que al día siguiente se casa su hermano, y ella se irá de la ciudad para siempre. Os dejamos que entréis en la cocina, despacio y sin hacer ruido, y escuchéis a Frankie, Berenice y John Henry, en una conversación tan íntima como conmovedora.

Para saber más sobre esta autora:

Especial El País sobre Carson McCullers y el gótico sureño.

Adaptaciones de sus novelas al cine.

Libros en Mezquita de y sobre Carson McCullers.

Otras Culturas III: moteros, aztecas y motecas. ‘La noche boca arriba’, de Julio Cortázar

15 Nov

“Siempre fuiste mi espejo.

Quiero decir que para verme tenía que mirarte”.

Con estas palabras cierra Julio Cortázar uno de sus poemas, y aunque se trate de un poema de amor, pueden muy bien servirnos para empezar a hablar de una de las personas en las que lo intercultural, cuando todavía no se hablaba de ello y quizá sin él pretenderlo, ha estado más presente, tanto en sus escritos como en su actitud vital, que, en el caso que nos ocupa, vienen a ser lo mismo.

En una entrevista con Alfredo Barnechea en 1971, Cortázar confiesa:

“Buenos Aires me asfixió y fue París precisamente lo que permitió que yo redescubriera una visión distinta de mi país y de Latinoamérica. París –Europa mejor— me abrió un horizonte total, planetario, que yo no tenía desde Buenos Aires. No estoy dando una receta, hablo sólo por mí, pero sé que sin París no hubiera escrito lo que he escrito. Si me hubiera quedado allá, en el pago, mi madurez de escritor se hubiera manifestado de otra manera, seguramente más satisfactoria para los historiadores de la literatura, menos provocadora, agresiva para quienes leen mis libros por razones vitales. Y claro, yo estoy con ellos. No sólo no me quedé, sino que no he vuelto, y sigo creyendo que París es el sitio perfecto para alguien como yo, para mis gustos, para lo que escriba todavía”.

Julio se siente muy latinoamericano, pero a la vez piensa que es mejor poner tierra de por medio cuando el entorno es claustrofóbico, que es preferible marcharse de los sitios para poder volver a ellos con la serenidad que da la distancia, y apreciar lo que de otra forma, si no, puede pasarnos desapercibido o aburrirnos por omnipresencia. Mucha gente le reprochó, en Argentina, que abandonara su país para vivir en Europa, la misma gente que pensaba que la ciudad en la que vivía (Buenos Aires) era la más parisina de Sudamérica. Ironías de la vida.

Cortázar hace a lo largo de su vida un viaje de ida y vuelta que ya se vislumbra en una de sus primeras novelas, El examen, publicada después de su muerte, y en la que dos de sus jóvenes protagonistas salen por pies de una ciudad llena de una niebla espesa y pegajosa que no deja ver alrededor y donde grandes damas vestidas de blanco abducen con sus doctrinas a un pueblo enfervorizado (novela en clave que habla de la Argentina peronista).

Julio Cortázar fue durante mucho tiempo traductor de español en la UNESCO, por lo que el contacto con otras lenguas y otras culturas, así como el uso diario de la suya propia, lo tuvo garantizado. El París en el que vivió era un París multicultural, y sus amigos, así como los protagonistas de sus libros (el famoso “Club de la Serpiente” de Rayuela, o los miembros de “La Joda” en El libro de Manuel), eran de nacionalidades muy diversas (europeas, sudamericanas, asiáticas).

Mario Vargas Llosa (cuya peripecia vital es similar a la de Cortázar en lo que tiene de ida y vuelta al continente americano), nos dice hablando de la publicación de Rayuela que “removió hasta los cimientos las convicciones o prejuicios que escritores y lectores teníamos sobre los medios y los fines del arte de narrar y extendió las fronteras del género hasta límites impensables”, y podríamos añadir, rompió estas fronteras y mezcló géneros como nunca se había hecho hasta entonces, libre de prejuicios y volcando en sus libros todo lo que iba asimilando en sus viajes, lecturas y conversaciones: el jazz con el tango, las conferencias científicas con el boxeo, la pintura clásica con el cómic… Así tenemos lo que él llamaba sus libros “almanaque”, en los que aparecen poesías, relatos, recortes de prensa, aforismos, reflexiones personales… Último round y La vuelta al día en ochenta mundos son claro ejemplo de ellos.

La noche boca arriba es el título del cuento que vamos a leer esta vez. Pertenece a su libro Final del juego, de 1956, y en él mezcla el sueño y la realidad con sorpresa final incluida. El protagonista es un motociclista de su París coetáneo que sueña que es un azteca perseguido en la Guerra Florida que a su vez sueña que va en moto por las calles de París. Se trata de un viaje en el tiempo, pero no uno más, sino que Cortázar da otra vuelta de tuerca para hacernos sentir que el otro, por muy lejano que esté, por muy diferente que sea a nosotros, puede ser ese espejo en el que mirarnos la cara.

Algunos enlaces sobre Julio Cortázar:

http://www.clubcultura.com/clubliteratura/clubescritores/cortazar/index.htm

Documental de Tristan Bauer sobre el autor.

Entrevista de Joaquín Soler a Julio Cortázar en el mítico programa de TVE “A fondo”, año 1977.

Obras de y sobre Julio Cortázar en el Catálogo Mezquita de la Biblioteca Universitaria de Córdoba.

Otras Culturas II: un gitanico rubio y un andaluz por decisión propia (Montero Glez)

18 Oct

“El gitano es lo más elemental, lo más profundo, lo más aristocrático de mi país, lo más representativo de su modo y el que guarda el ascua, la sangre y el alfabeto de la verdad andaluza universal”. (Federico García Lorca)

Nos gusta imaginar que, después de leer esto, un gitano, puro y aristocrático a su manera, se decidió a cantar poemas de Lorca, y que, de esos cantes, y algunas que otras juntas, por qué no, puras y aristocráticas también, salió un disco con un  título que era una premonición en sí mismo: La leyenda del tiempo, grabado por José Monge Cruz, “Camarón”, en 1979. Ambos, cantaor y disco, se convertirían en leyenda, que, por otra parte, sólo se entendería con el paso del tiempo.

Muchos antes que él habían intentado “abrir semillas en el corazón del sueño” con la ayuda de la música, la poesía y otras sustancias. José Manuel Caballero Bonald  quedó tan impresionado cuando conoció a José Monge Cruz, que dijo que, lo que le gustaría, sería escribir un cuento sobre Camarón a la manera en que Julio Cortázar escribió El perseguidor con Charlie Parker como reconocible protagonista: un músico (jazz en un caso, flamenco en el otro), que quiere pasar al otro lado para encontrar algo vital que no sabe lo que es. En el año 2010, el escritor Montero Glez, madrileño de nacimiento pero que, según él, se vino al sur para merecer las historias que cuenta, quizá le tomó la palabra y escribió una novela corta Pistola y cuchillo, mezcla de biografía y admiración por “un personaje que forma parte de una mitología popular que arranca en la noche del antiguo Egipto. De cuando los iniciados confiaron los jeroglíficos a un pueblo de nómadas, un pueblo de escapados oriundos de la India que vagabundeaban en los pantanos del Nilo”. La portada del libro es impactante: una de las fotos que Alberto García Álix le hiciera al cantaor gaditano, pero sólo de su mano, con el cigarro, los anillos y  los tatuajes. Según Montero Glez, “los gitanos, siempre fueron perseguidos a lo largo de la historia, al igual que moros y judíos. Sin embargo, a diferencia de ellos, el pueblo gitano siempre se escapó de la historia y tomó la ruta de los márgenes. Camarón de la Isla conoció las señales, tal vez por eso se tatuó la estrella de David junto a la luna mora sobre su mano. La piel gitana que contiene a los dos pueblos”. Tanto esta cita como la anterior pertenecen al último libro de Montero Glez, mezcla de historia, leyendas, geografía y viajes (no obstante, fue Premio Llanes de viajes 2012): Huella jonda del héroe, en el que, junto a Camarón, Manolo Caracol, Diego del Gastor o Pericón de Cádiz, aparecen otros héroes como Hércules, Picasso, Kiko Veneno, el pintor Ceesepe o el mismísimo Diablo. El libro es un recorrido por esa Andalucía profunda que llega hasta el norte de África (Paul Bowles es un invitado de lujo) y que atravesando Tánger, Gibraltar, Umbrete, las Tres Mil Viviendas, la Calle de los Gitanos en Jerez y Sancti Petri, llega a la Venta de Vargas, el alfa y el omega, “el mismo sitio donde un día Hércules robó el ganado bravo de Gerión y donde se midieron Caracol y Camarón y donde también se vistió Manolete de torero”.

Y aquí es donde empieza nuestra lectura, el primer capítulo de Pistola y cuchillo, en la Venta de Vargas (“San Fernando, Cádiz, Spain”), donde el narrador que nos cuenta la historia ve por última vez a Camarón porque ha quedado con él para acudir a una pelea de gallos clandestina.

Otros enlaces de interés:

Documental Tiempo de leyenda, sobre la grabación de La leyenda del tiempo.

Conversación entre Alberto García-Alix y Montero Glez sobre la sesión de fotos de Camarón.

Fundación Secretariado Gitano.

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