Otras Culturas VIII: Manuel Rivas habla por la boca de la literatura

25 Abr

Cuentan que no hace mucho, en una fiesta de escritores de muy diverso pelaje, un periodista se las quiso dar de listillo y empezó a preguntar a diestro y siniestro, incomodando a muchos de los invitados que sólo querían disfrutar de su copa de cava y el canapé correspondiente con preguntas como estas (incluimos las respuestas):

–       ¿Tiene pies la Literatura?

–       Algunos dicen que la han visto paseando del brazo de algún despistado en una plaza abarrotada de gente.

–       ¿Tiene ojos la Literatura?

–       Pregúntale a Borges

–       ¿Le gusta vestir de algún color determinado a la literatura?

–       El verde y el azul le sientan de maravilla, pero hay veces que el amarillo ilumina su cara de una forma especial.

El periodista en cuestión, cual Caperucita asustada, no se atrevía a formular la última pregunta, la que más interés le despertaba, la que hubiera dado sentido al resto. Se le quedó en el bloc de notas, y ese bloc de notas quedó olvidado dentro del bolsillo de su americana. La americana durmió el sueño de los justos en el brazo de un sillón, y,  cuando el periodista se acordó y volvía a la fiesta para recuperarla, escuchó un acento muy dulce  que decía casi en un susurro “… son las voces de los niños, las mujeres que hablan solas, los emigrantes, los muertos, los animales… Las voces de los que no quieren dominar y se alimentan de palabras y cuentos”. El conversador, de pelo rizado y cara risueña, siguió hablando entonces de su hermana María, muerta prematuramente, a la que definió como “verbívora” (si es que el periodista entendió bien); de su madre, que hablaba y que callaba (y entonces era cuando se oía la música del calcetar); y de su padre, que se pasó media vida excavando un pozo del que nunca salía agua (como un símil del escritor que no encuentra las palabras precisas); de su tío Francisco, el barbero, que no paraba de hablar mientras cortaba el pelo a la gente. Después escuchó un nombre casi de cuento, Luz Pozo, una profesora de literatura de la que, según el hombre de la voz baja, todo el instituto estaba enamorado, y que lloraba al contar a sus alumnos el episodio de la Odisea en que Laertes reconoce a su hijo Ulises porque se sabe los nombres de los árboles del huerto de Ítaca. “Quizá –decía- de aquí me venga la afición a la naturaleza, al ecologismo de acción (fui socio fundador de Greenpeace), porque los árboles son los seres más bondadosos del mundo”.

Después continuó hablando en voz aún más baja, como la de los que acunan a los niños para dormir, y si cabe, aún más dulce, porque pasó del español al gallego, y contó que, cuando niño, bebió el arco iris por la boca, en los charcos que se formaban en el suelo, y que por aquel entonces, su lengua, la gallega, que a veces parecía un pecado en los labios, vivía como recluida en las cuevas de las bocas y citó un poema de Álvaro Cunqueiro que tuvo la amabilidad de traducir:

“Quien tenga amor

venga aquí a dar la flor”

Ya se despedía de los que le rodeaban y dijo que al final había conseguido su propósito en la vida, el consejo que desde un principio le dio su padre, que había sido albañil: tener un trabajo donde no se mojara. Por cierto, ¿alguien se ha olvidado esto?, dijo, y entonces me di cuenta de que llevaba en su mano mi chaqueta y mi bloc, abierto por la página en la que estaba la última pregunta sin respuesta:

–       ¿Tiene boca la literatura?

Esa noche escribí mi artículo, redondo, abierto como la boca de Manuel Rivas que se ha alimentado a lo largo de su vida de las voces bajas de la literatura y que luego las ha vertido por la suya para deleite de nosotros sus lectores.

Para leer: Primer capítulo de Las voces bajas.

Página personal en Alfaguara.

Entrevista a cargo de David Cantero en RTVE.

Artículos en El País.

Libros en Mezquita de Manuel Rivas.

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4 comentarios to “Otras Culturas VIII: Manuel Rivas habla por la boca de la literatura”

  1. Isa 28 abril, 2013 a 19:07 #

    El relato oral, la magia de los cuentos que van de boca en boca. Durante siglos los pueblos primitivos aunque analfabetos han transmitido oralmente su herencia cultural. El dicho con el que su padre subrayaba la ignorancia suprema: «Es tan bruto que no sabe ni el nombre de los árboles»” podría tener origen en la Odisea (o más allá) que a su vez, antes de ser escritura, parece ser que fue contada durante generaciones. Esta “otra cultura” es universal, la de las voces bajas que se convierten en literatura. ¿Y qué sería de la literatura sin ellas? ¿Sería tan rica?

    ¡Cuánta poesía en todo lo que escribe Rivas!: “Había sobrevivido a los infartos en secreto, pero esos silencios acostumbran a escribir en braille en algún túnel del cuerpo”, “una propiedad inmaterial, del departamento de grabaciones no autorizadas de la infancia”, “… y podías ver la huerta en sus ojos oceánicos”, “¡Furtivos! ¿O sería un grafito de los muertos a los vivos?”…

    “Un trabajo donde no se mojara”, es curioso, porque quizás no lo moje la lluvia, pero Rivas sí que se moja, y mucho, con su activismo ecológico y social.

    • Esperanza 30 abril, 2013 a 7:41 #

      Quizá sea de los libros más poéticos de Manuel Rivas, pero creo que la poesía está en su dosis justa para evitar que la prosa pierda esa capacidad de contar historias que a veces falta en los poemas

  2. Mar 8 mayo, 2013 a 18:11 #

    Más allá de la ironía, no puede negarse que Manuel Rivas es un escritor dispuesto a “mojarse”, comprometido con sus ideas, como las que expresa en la entrevista que se nos facilita. Destaco su apuesta por la igualdad y la interculturalidad (“La luz del faro no dice a este barco sí y a este no”; “Hay que ir a un mundo de identidades compartidas”); por la ecología (“No imponernos, sino colaborar con la naturaleza”); por la justicia (“Tener derechos es tener la posibilidad de ejercerlos”).

    Otro autor que concibe la literatura como instrumento de “las voces de los que no quieren dominar”. Pero no suple esas voces, sino que las saca de la cueva, las pone de relieve (“Sus héroes eran la gente del pueblo, la más humilde, que salía triunfadora mediante el ingenio y la ironía.”), reconoce su utilidad (“La palabra, la primera medicina”) las enlaza con la propia voz y las integra en los propios relatos. El resultado muestra el enriquecimiento mutuo y anima a prestar atención a lo pequeño, a respetar lo aparentemente insignificante. Un ejemplo más de la importancia de la vivencia para comprender, apreciar y hacer apreciar una cultura. Rivas me parece admirable por su habilidad con las palabras y por su forma de estar en el mundo.

    • Esperanza 9 mayo, 2013 a 10:43 #

      pues sí, es lo de siempre, las cosas pequeñas que realmente son las que importan en la vida, aunque hay demasiado gente que no se dé cuenta a tiempo de ello

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