Otras Culturas IV: Carson McCullers, al Sur del Norte

13 Dic

Lula Carson Smith, conocida como Carson McCullers, nació en Columbus, Georgia, en 1917, y murió en Nueva York, en 1967. Una vida corta e intensa de eterna adolescente, llena de enfermedades y adicciones, amor, desamor y literatura, mucha literatura. “No me gustaría vivir si no pudiese escribir… La escritura no es sólo mi modo de ganarme la vida; es como me gano mi alma. Escribir es mi modo de buscar a Dios”.

Hay quien dice que toda su obra está dedicada única y exclusivamente a intentar definir y precisar el amor. Según Rodrigo Fresán, “pocos escritores han expresado tan vibrante y económicamente un universo desesperado por amar y ser amado”, con personajes casi siempre desvalidos; en unos casos niños o adolescentes, en otros freaks de feria que llegan a lo grotesco y ridículo (el ejemplo más claro es La balada del café triste), pero que terminan por despertar ternura y, por supuesto interés en el lector, quizá como ella misma lo hizo. Contó en vida con muchos “admiradores” y amigos,  entre los que destacan escritores como Tennessee Williams, Paul Bowles  o Charles Bukowsky, que le dedicó un precioso poema que la describe a la perfección (“all her books of / terrified loneliness / all her books about / the cruelty/of loveless love”). Crítica y público no se ponen a veces de acuerdo en la valoración de esta escritora, muy difícil de clasificar para la primera, increíblemente cercana por su sencillez para el segundo.

Si Carson McCullers aparece en nuestro blog, no es sólo porque recree en su obra el Sur más profundo de Estados Unidos, con su calor, sus calles, sus edificios y sus bares llenos de personajes extraños, entre los que se encuentran muchos de raza negra. Ella, realmente, no hace frente de una manera directa y combativa al racismo (si exceptuamos quizá su última novela Reloj sin manecillas), pero sí que está presente de forma sutil en muchas de sus novelas y cuentos, como parte intrínseca de la realidad que estaba describiendo y que no era otra que la que ella misma había vivido: personajes en soledad como los de los cuadros de Edward Hopper, que parece que siempre están esperando a que ocurra algo y que se buscan en el otro por muy diferente de nosotros que sea. El fragmento seleccionado creemos que así lo refleja. Pertenece a su novela Frankie y la boda (The member of the wedding), en la que Frankie, huérfana de madre, en la edad difícil de los doce años,  quiere dejar su ciudad para irse a vivir con su hermano y su novia, que pronto se van a casar, y, según ella, recorrer el mundo juntos los tres. Ni que decir tiene que todo son fantasías que se montan en la cabeza de una adolescente perdida que no sabe a qué ni a quién agarrarse y no se da cuenta de que quien realmente puede echarle una mano está más cerca de lo que cree. Es curioso cómo cambia tres veces de nombre a lo largo de la novela, según cambia su personalidad: Frankie, F. Jasmine y Frances (“¿Por qué es contrario a la ley cambiarse el nombre?”). El nombre como una cárcel que nos define y de la que no podemos salir (“Gente suelta y al mismo tiempo presa”).

Los protagonistas de este fragmento son tres: la propia Frankie (aquí F. Jasmine), su primo John Henry, de unos seis años, y la criada negra, Berenice. Tres personajes muy distintos y que parecen distantes, aunque al final, “los tres seguían sentados en silencio, muy juntos, y cada uno podía sentir y oír la respiración de los otros dos”. Estamos en el crepúsculo de una calurosa tarde de verano, en un pueblo del Sur de los Estados Unidos, en el que parece que la noche no quiere llegar, cuando los contornos se desdibujan y nada ni nadie es lo que parece. Frankie piensa que es su última noche en la casa, ya que al día siguiente se casa su hermano, y ella se irá de la ciudad para siempre. Os dejamos que entréis en la cocina, despacio y sin hacer ruido, y escuchéis a Frankie, Berenice y John Henry, en una conversación tan íntima como conmovedora.

Para saber más sobre esta autora:

Especial El País sobre Carson McCullers y el gótico sureño.

Adaptaciones de sus novelas al cine.

Libros en Mezquita de y sobre Carson McCullers.

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6 comentarios to “Otras Culturas IV: Carson McCullers, al Sur del Norte”

  1. Cecilia 29 diciembre, 2012 a 15:14 #

    Ha sido muy bonito entrar en esa cocina y oir la conversación entre un niño, una mujer adulta y otra niña que parece que está dejando de serlo. Gracias

  2. Esperanza 8 enero, 2013 a 11:39 #

    Tengo que confesar que he casi recién descubierto a Carson McCullers buscando textos para el blog, y que me tiene atrapada por su sencillez y profundidad.

  3. Isa 9 enero, 2013 a 16:19 #

    Me encanta esta escritora, poco conocida como bien dices Esperanza, describe como nadie a personajes perdidos, desencantados, solitarios, marginales sean blancos o negros.

    Sus historias dejan un sabor agridulce, una sensación de tristeza o más bien melancolía que se te contagia lentamente.

    La atmósfera sofocante, agobiante, opresiva del sur se pega a la piel “…su cara estaba sudada y el cuello de Berenice también, y ambas olían salado, agrio y fuerte…”, pero sobretodo impregna el alma de los personajes “…todo el mundo está prisionero de un modo u otro. Pero han puesto unas cadenas completamente especiales alrededor de toda la gente de color…, tiene la sensación de que no puede respirar ni un momento más”.
    A todos les gustaría huir de ese lugar y vivir una vida de ensueño y libertad como la que se imagina la protagonista.

  4. Mar 15 enero, 2013 a 17:21 #

    Un texto lleno de sugerencias, generador de ideas, sensaciones, reflexiones. Una vez más la lectura como ampliación de la propia experiencia y de las referencias vitales, más aún cuando nos encontramos con escritos tan valiosos como este.
    En primer lugar llama la atención la cantidad de detalles y matices con que se nos sitúa en un lugar, en un tiempo, en un escenario. Me gusta cómo describe los colores, la luz, los sonidos y me reafirma en la idea de la intensidad y amplitud de las vivencias en función de los elementos que seamos capaces de captar. El escenario ayuda a entender el estado de ánimo y los pensamientos de las personas presentes. También alude, a mi entender y extrapolando a situaciones más amplias, a la incidencia del entorno en la identidad de los individuos y los grupos. Somos lo que somos también porque vivimos en un determinado contexto, contemplamos un paisaje, gozamos o sufrimos unas condiciones meteorológicas…
    Luego están las cuestiones formuladas , las respuestas ofrecidas o buscadas, los mensajes derivados. Estamos atrapados en nuestra identidad y, al mismo tiempo, sueltos. La prisión es más penosa para unas personas que para otras, por ejemplo, para quienes son de una minoría marginada.
    Se me ocurre que a través de la comunicación, la cooperación, la solidaridad el respeto y la compasión podemos mitigar esa sensación de estar “sueltos”, aislados, atrapados en la cárcel de nuestra individualidad. En el texto se plasma en la cercanía física, en la sintonía con que los tres personajes inician un canto o empiezan a llorar, aunque el motivo del llanto sea distinto. Tal vez podamos enriquecer y enriquecernos con aportaciones mutuas en la medida en que superemos individualismos, egocentrismos y egoísmos para comprender y ayudar a quienes nos rodean en un espacio local o global, y para dejarnos “contaminar” y ayudar desde el reconocimiento de nuestros recursos, limitaciones y carencias. La convicción de que la diversidad es una riqueza y una oportunidad, de que formamos parte de un todo, puede aportar la humildad y autoaceptación convenientes para implicarnos y contribuir a la mejora de nuestro mundo.

    • Esperanza 16 enero, 2013 a 10:48 #

      Gracias por tu comentario, Mar. Después de esto, poco más hay que decir

  5. Tawny 18 mayo, 2017 a 3:24 #

    I’ve been lonokig for a post like this for an age

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